empanada de calabaza

Hay recetas que saben mejor cuando hace frío. No porque cambien sus ingredientes, sino porque cambia uno. Una taza de café caliente y una empanada de calabaza recién horneada tienen poco de extraordinario en junio a las tres de la tarde; en una mañana fría de noviembre, en cambio, parecen haber sido inventadas exactamente para ese momento.

En distintos estados del norte de México, las empanadas dulces forman parte de esa repostería casera que rara vez necesita demasiada ceremonia. Aparecen en panaderías, cocinas familiares, reuniones y temporadas festivas. Las hay rellenas de piña, cajeta, camote, frutas y, por supuesto, calabaza.

La versión de calabaza tiene algo particular. Es dulce sin necesitar ser empalagosa, huele a piloncillo y canela y permite una masa más rústica que la de una empanada de pastelería francesa. Aquí no buscamos capas perfectas ni bordes geométricos. Buscamos otra cosa: una masa dorada, ligeramente quebradiza y un relleno espeso que no salga corriendo en cuanto demos el primer mordisco.

Ésta es una receta pensada para hacer en casa durante los meses frescos, con ingredientes fáciles de encontrar en México y sin convertir la cocina en laboratorio.

¿Qué tienen de norteñas estas empanadas?

Hablar de una única “receta norteña” sería simplificar demasiado.

Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Durango y los demás estados del norte tienen cocinas propias, influencias distintas y variaciones familiares que no caben cómodamente dentro de una sola fórmula. Aun así, en la repostería regional aparecen con frecuencia las empanadas horneadas hechas con harina de trigo, algo muy coherente con la larga presencia del trigo en el norte mexicano.

El trigo llegó a la Nueva España en el siglo XVI y terminó encontrando un terreno especialmente fértil en varias zonas septentrionales. Con los siglos, la harina de trigo se incorporó profundamente a la cocina regional: tortillas grandes, panes, coyotas, semitas, empanadas.

La calabaza, en cambio, estaba aquí mucho antes.

Las especies del género Cucurbita fueron domesticadas en América miles de años antes de la llegada europea. En México forman parte de una familia culinaria antiquísima junto con el maíz y el frijol. Así que una empanada de calabaza tiene algo de encuentro histórico: masa de trigo alrededor, ingrediente americano en el centro. Una pequeña crónica comestible, aunque nadie piense en arqueología cuando pide la segunda.

La receta: empanadas de calabaza con piloncillo y canela

Esta cantidad rinde aproximadamente entre 14 y 16 piezas medianas, dependiendo del diámetro con el que cortes la masa.

Para el relleno

Necesitarás alrededor de 600 gramos de pulpa de calabaza ya cocida y escurrida. La de Castilla funciona especialmente bien por su sabor y textura, aunque puede utilizarse otra variedad de pulpa firme.

Agrega:

  • 180 gramos de piloncillo rallado o picado;
  • 1 raja grande de canela mexicana;
  • 2 cucharadas de agua;
  • una pizca pequeña de sal;
  • opcionalmente, media cucharadita de anís o un poco de ralladura de naranja.

El piloncillo puede ajustarse. Hay calabazas dulces y otras bastante discretas; probar el relleno sigue siendo más útil que obedecer ciegamente a una cifra.

Para la masa

Usaremos 500 gramos de harina de trigo, 120 gramos de manteca vegetal o manteca de cerdo, 100 gramos de azúcar, 1 cucharadita de polvo para hornear, media cucharadita de sal, 1 huevo y aproximadamente 150 mililitros de leche tibia.

La cantidad exacta de líquido puede cambiar.

Eso ocurre porque las harinas no absorben agua exactamente igual y porque medir harina con taza, si alguien prefiere hacerlo así, introduce todavía más variación. Para esta receta vale mucho la pena utilizar báscula.

Para terminar las empanadas necesitarás un huevo batido y un poco de azúcar para espolvorear.

El relleno debe quedar más seco de lo que parece correcto

Éste es probablemente el punto decisivo.

Cocina primero la calabaza hasta que esté completamente suave. Puede hacerse al vapor, asada o con poca agua. Yo prefiero asarla cuando tengo tiempo porque concentra el sabor y evita introducir demasiada humedad.

Una vez cocida, retira semillas y fibras si aún las tiene, recupera la pulpa y pésala.

Coloca los 600 gramos en una olla con el piloncillo, la canela, el agua y la pizca de sal. Cocina a fuego medio-bajo mientras aplastas la pulpa con una cuchara o machacador.

Al principio parece un puré.

Después comienza a oscurecerse, el piloncillo se integra y el aroma cambia. Es ese momento en que alguien entra a la cocina preguntando qué estás haciendo aunque claramente ya lo sabe.

Sigue cocinando hasta que el relleno pueda apartarse con la cuchara y tarde un poco en regresar al centro de la olla.

No debe quedar líquido.

Si levantas una cucharada y escurre como salsa, todavía falta.

El motivo es sencillo: un relleno demasiado húmedo libera vapor dentro de la empanada, moja la masa y aumenta la posibilidad de que se abra durante el horneado.

Retira la canela y deja enfriar completamente.

Completamente significa frío o a temperatura ambiente, no “ya no quema tanto”.

Rellenar una masa con calabaza caliente derrite la grasa y vuelve mucho más difícil cerrar las piezas.

Una masa sencilla, sin castigarla

Mezcla harina, azúcar, polvo para hornear y sal.

Añade la manteca y trabaja con los dedos hasta obtener una textura parecida a migas gruesas. No busques integrar todo hasta convertirlo en pasta.

Incorpora el huevo.

Agrega después la leche tibia poco a poco mientras unes la masa. Tal vez necesites toda; quizá sobren un par de cucharadas.

La señal correcta no está en el recipiente medidor.

Está en las manos.

La masa debe sentirse suave y manejable, sin pegarse demasiado. Si parece seca y se rompe apenas intentas doblarla, necesita unas gotas más de leche. Si se pega a la mesa como si hubiera decidido quedarse a vivir ahí, incorpora un poco de harina.

Amasa solamente lo necesario para unirla.

Éste no es pan.

Desarrollar demasiado el gluten puede producir empanadas más duras y elásticas. Queremos una masa suficientemente resistente para contener el relleno, pero tierna al morder.

Cúbrela y déjala reposar unos 20 o 30 minutos.

Ese descanso facilita muchísimo el estirado.

Formar las empanadas sin que terminen abiertas en la charola

Precalienta el horno a 190 °C.

Divide la masa en porciones o extiéndela sobre una mesa ligeramente enharinada hasta alcanzar unos 3 milímetros de grosor.

Corta círculos de unos 13 a 15 centímetros.

Coloca una cucharada generosa de relleno frío en una mitad, dejando libre el borde.

Y aquí aparece una de las grandes tentaciones de cualquier persona que prepara empanadas: poner más relleno porque “sí cabe”.

No.

Parece caber.

Son cosas distintas.

Un exceso de calabaza impide cerrar bien la masa y acaba formando una pequeña erupción volcánica en el horno.

Dobla cada círculo formando una media luna. Presiona los bordes primero con los dedos y después con un tenedor, o haz un repulgue si tienes práctica.

Colócalas sobre una charola con papel para hornear.

Barniza apenas con huevo batido y espolvorea un poco de azúcar.

Hornea aproximadamente entre 20 y 25 minutos, hasta que tengan un color dorado claro.

Los tiempos cambian según el horno, así que a partir del minuto 18 conviene mirar más la superficie y menos el reloj.

empanada recién horneada

¿Cómo evitar que la empanada quede dura?

Una empanada casera puede fracasar de maneras bastante creativas, pero la dureza suele tener tres culpables.

El primero es demasiada harina.

Cuando extendemos la masa y ésta se pega, nuestra reacción natural consiste en lanzar harina sobre la mesa como si intentáramos apagar un incendio. Cada nueva capa termina incorporándose a la masa.

Usa sólo la necesaria.

El segundo culpable es amasar en exceso.

No queremos una estructura fuerte como la de un bolillo. Aquí buscamos ternura.

El tercero es hornear demasiado tiempo.

Una empanada recién salida del horno todavía puede sentirse algo suave y terminar de asentarse mientras se enfría. Esperar a que esté completamente rígida dentro del horno suele significar descubrir después que hemos fabricado algo bastante parecido a una teja dulce.

El piloncillo no tiene que convertir el relleno en caramelo

Me gustan las empanadas dulces. Hasta cierto punto.

Cuando el relleno contiene tanto piloncillo que la calabaza desaparece, algo se perdió por el camino.

El piloncillo debe aportar dulzor, notas tostadas y ese sabor profundo de la caña sin refinar. La protagonista sigue siendo la calabaza.

Por eso recomiendo empezar con 180 gramos para 600 gramos de pulpa y ajustar desde ahí.

La composición del piloncillo no es idéntica a la del azúcar refinada. Conserva compuestos procedentes del jugo de caña y de su proceso de concentración, lo que explica parte de su color oscuro y su sabor característico.

En la práctica, importa más otra cosa: sabe distinto.

Y en una preparación sencilla como ésta, esa diferencia se nota.

Canela mexicana, naranja o anís: tres caminos distintos

La canela de uso tradicional en México suele proceder de Cinnamomum verum, conocida también como canela de Ceilán. Tiene un perfume más delicado que algunas variedades de cassia utilizadas ampliamente en otros países.

Una raja basta para perfumar el relleno.

Si quieres mover la receta ligeramente hacia aromas cítricos, añade ralladura fina de naranja al final de la cocción.

El anís cambia más la personalidad. Tiene un carácter potente y bastante reconocible, así que media cucharadita de semillas ligeramente machacadas suele bastar.

Yo no pondría naranja, anís, vainilla, clavo y nuez moscada todos juntos.

Se puede, claro.

También se puede organizar una banda de música dentro de una cocina pequeña. La pregunta es si mejora el ambiente.

¿Se pueden preparar con anticipación?

Sí, y ésta es una de las razones por las que funcionan tan bien para reuniones.

El relleno puede cocinarse uno o dos días antes y mantenerse refrigerado en un recipiente cerrado.

También puedes formar las empanadas, refrigerarlas unas horas y hornearlas poco antes de servir.

Si quieres congelarlas, hazlo antes del horneado. Colócalas primero separadas sobre una charola hasta que estén firmes y después pásalas a una bolsa o recipiente bien cerrado. Así no terminan convertidas en un bloque colectivo imposible de separar.

Pueden hornearse desde congeladas, aunque requerirán algunos minutos extra.

Una vez cocidas, lo que más me gusta es dejarlas enfriar sobre una rejilla. Eso permite que escape el vapor y evita que la parte inferior se humedezca.

¿Con qué acompañar empanadas de calabaza?

Aquí no hace falta inventar demasiado.

Café de olla es una combinación obvia por una razón: café, canela y piloncillo hablan un idioma parecido al del relleno.

Un vaso de leche fría funciona sorprendentemente bien.

También chocolate caliente, sobre todo en noches frías, aunque con una advertencia personal: si la bebida ya es muy dulce y la empanada lleva bastante piloncillo, el conjunto puede cansar después de unos cuantos bocados.

A mí me gustan con café negro.

El amargor corta el dulzor y deja que la siguiente mordida vuelva a saber a algo.

Ese contraste tiene más interés que duplicar azúcar sobre azúcar.

Pero como postre, la verdad es que después de casi cualquier cosa, una buena carne asada norteña, después de una pasta contundente o una crema de brócoli calientita. Este tipo de empanada va bien en cualquier momento o evento.

Si no encuentras calabaza de Castilla

No conviene abandonar la receta.

Puede utilizarse calabaza de pulpa anaranjada y firme, siempre que no sea excesivamente acuosa. Lo realmente importante es cocinarla y reducir el relleno hasta conseguir la consistencia adecuada.

Una calabaza húmeda requerirá más tiempo en la olla.

Una pulpa asada y concentrada, menos.

Éste es uno de esos casos donde la técnica pesa más que el nombre exacto del ingrediente.

La receta tradicional nunca fue una fórmula industrial milimétrica. Cada familia trabajaba con lo que producía, compraba o encontraba.

La empanada del día siguiente tiene otra personalidad

Recién horneadas, estas empanadas tienen bordes ligeramente crujientes y un centro caliente y fragante.

Unas horas después, la humedad del relleno empieza a migrar hacia la masa. Al día siguiente son más suaves.

No necesariamente peores.

Distintas.

Si quieres recuperar un poco de textura, unos minutos en horno a temperatura moderada funcionan mejor que el microondas. Este último calienta muy rápido, pero suele suavizar bastante la corteza.

Y quizá ahí esté parte del encanto de esta receta norteña.

No exige que todo se coma en el instante exacto, con pinzas de chef y plato precalentado. Se puede preparar una charola, dejarla en la mesa, servir café y ver cómo desaparecen las piezas durante la tarde.

Las empanadas de calabaza pertenecen a una clase de comida que rara vez necesita explicación para funcionar. Harina, grasa, fruta —botánicamente hablando, la calabaza lo es—, piloncillo, canela y horno.

Ingredientes humildes.

Resultado memorable.

Hay algo irónico en eso: pasamos años buscando postres cada vez más elaborados y, cuando llega el frío, una media luna de masa rellena de calabaza sigue siendo capaz de ganar la discusión sin levantar la voz.

Tal vez por eso estas recetas sobreviven. No porque se hayan quedado inmóviles en el tiempo, sino porque admiten pequeñas variaciones sin dejar de saber a casa.

La próxima vez puedes poner menos azúcar. O un poco de naranja. Quizá cambiar manteca vegetal por manteca de cerdo. Y seguramente alguien en la familia dirá que la receta “de verdad” se hacía de otra manera.

Eso también forma parte de la tradición.